Zapatero, a
la caza de una foto con el POLISARIO
Por Ana
Camacho
Colaboraciones
nº 1712 | 23 de Mayo de 2007
El Gobierno
de Zapatero busca fotos, donde sea, que retraten la buena sintonía del PSOE con
el POLISARIO. Busca el poder de esa imagen que vale más que mil palabras con la
mira puesta tanto en el frente interno como en el exterior. Necesita exhibir su
papel de interlocutor privilegiado con ese movimiento que, por mucho que se
haya esforzado por devaluar, acaba de ser señalado por EEUU como la única parte
autorizada para hablar en nombre del pueblo saharaui en las negociaciones con
Marruecos que la ONU intenta alentar para poner fin al conflicto del Sáhara
Occidental. En plena recta electoral, necesita también frenar el contagio de la
indignación de esos potenciales votantes que, a través de su política con el
Magreb, están percibiendo un inquietante y abismal engaño en quienes les piden
el voto en nombre de la Verdad.
Los hombres
del presidente hacen todo lo posible por cumplir con la misión. Pero la
desaforada ansia de Zapatero por hacer gestos de agrado al rey Mohamed de
Marruecos han acabado por hacer mella hasta en la infinita paciencia con la que
el Frente POLISARIO ha ido encajando las puñaladas con las que el Gobierno
socialista se ha ido asegurando esa amistad con la monarquía feudal alauita a la que hay que alimentar con algo más que
recíproco respeto y solidaridad. Así que muchos de los dirigentes saharauis
optan ahora por desaparecer discretamente de los escenarios donde los cazadores
de fotos están al acecho, a la espera del menor descuido para colocarse a
su lado y atraparlos en un abrazo emotivo que llame la atención de los
responsables materiales del disparo. A los polisarios
no les interesan las fotos ni los encuentros que sólo tienen rentabilidad para
los dirigentes españoles que simulan así ante su electorado un interés por la
causa saharaui, sin hacer realmente nada o, lo que es peor, haciendo lo
contrario de lo que dicen y deberían hacer en relación a su drama. Por eso, no
está entre las prioridades de la diplomacia saharaui ese encuentro en
Exteriores que el ministro Moratinos ahora tiene prisas por consumar ante luz y
taquígrafos con alguno de sus líderes.
Los polisarios desconfían de la mala interpretación de esa
posible fotografía ante sus simpatizantes españoles, que tradicionalmente son
votantes de izquierdas y que no saben si quedarse con sus denuncias de traición
que tanto les duelen o salvar esa fe por el partido, que ya quisieran para sí
los altares, atendiendo a los esfuerzos del PSOE por negar la evidencia. Lo más
grave es que ahora el POLISARIO también desconfía de ese súbito interés de la
diplomacia española por hacerse un hueco en esa nueva fase de negociaciones en
las que Marruecos se propone imponer una solución que
pasa por la organización de un simulacro de referéndum que no contenga la
opción de la independencia.
En Exteriores
de Madrid tienen así una nueva oportunidad de analizar estos gestos esquivos en
clave de ese maximalismo que, en su opinión, el pueblo saharaui debería
abandonar, renunciando al derecho inalienable a la autodeterminación que la ONU
le reconoce. La flexibilidad, según las tesis de Moratinos y Zapatero, consiste
en que el Polisario acate una solución creativa, acorde
con las pretensiones imperiales con las que el rey Mohamed intenta ampliar las
fronteras de su estado y no sólo a costa del pueblo saharaui. Desde su
perspectiva, lo más socorrido es explicar el desencuentro como un desplante
fruto de la tozudez o, en el más benévolo de los casos, de un ataque de esa
dignidad que tradicionalmente ha sido seña de identidad de la cultura
beduina. La pataleta irracional les viene como anillo al dedo para
justificar la resistencia que incluso los representantes de un pueblo tan
necesitado del apoyo de España oponen para posar con ellos: alude a un fenómeno
que los españoles comprenden bien y, además, tiene la ventaja de ir a juego con
esas tesis marroquíes que, desde hace años, repiten por lo bajinis
los diplomáticos de Santa Cruz cuando señalan al Polisario
como un mero subproducto de Argelia, sin voz propia. Y es que, en este caso, el
maximalismo lleva implícito que los dirigentes saharauis no tienen que
responder, ni tienen estructuras de participación ciudadana que les obliguen a
rendir cuentas ante una opinión pública que, sin embargo, vive colgada de los
informativos, vengan de donde vengan, gracias a las parabólicas que las
familias españolas que acogen a sus niños durante el verano, les regalan para
combatir el aburrimiento existencial que preside la rutina cotidiana del
refugiado.
La realidad
es muy diferente a cómo la ven, con cierto fondo despectivo y racista, los
diplomáticos de Moratinos. Se impone incluso a muchos kilómetros de distancia
del desierto, en los actos celebrados recientemente en Madrid a favor del
referéndum que la ONU, desde 1975, sigue sin poder organizar en el Sáhara para
resolver el conflicto de acuerdo a sus resoluciones, por la obstrucción de
Marruecos. Por ejemplo, las manifestaciones que el pasado abril se celebraron
en Madrid pusieron en evidencia que así como Zapatero tiene graves problemas
para tranquilizar a una importante bolsa de votantes indignados por su
traición, su política promarroquí plantea dilemas a los dirigentes saharauis por
partida doble: en su caso deben responder tanto a la opinión pública saharaui
como a esos miles de españoles del PSOE e IU que tanto oxígeno dan,
económico, político y, sobre todo, moral, a su población en los campos de
Tinduf. Algunos todavía siguen queriendo no ver que Zapatero está moviendo
todos los hilos a su disposición para consumar la entrega definitiva del Sáhara
a Mohamed VI. Pero, desde que el Gobierno socialista dio en marzo,
abiertamente, su apoyo al plan de autonomía propuesto por Marruecos, cada vez
son más los que se alinean en el pelotón de los desafectos enojados.
Por primera
vez, el 21 de abril hubo que hablar de dos manifestaciones procedentes de la
izquierda, en contra de la política de Zapatero en el Sáhara. Se trata de un
hecho inédito al que el escaso poder de convocatoria en el que cayeron este
tipo de actos en los ochenta y noventa, tras el primer triunfo en 1982 del
PSOE, no se hubiese arriesgado. En una, convocada por las asociaciones de ayuda
al pueblo saharaui y con un recorrido que recalaba ante el Ministerio de
Exteriores, la afluencia fue todo un éxito, con miles de manifestantes. En la
segunda, convocada por la comunidad saharaui en España (la de los trabajadores
inmigrantes), ante la sede del PSOE en la calle Ferraz,
a pesar de la división, se reunieron unas 200 personas, una cifra muy exigua
frente a su competidora, aunque muy superior a la de cualquier récord de los
actos de los tiempos del olvido. Lo interesante de esta bicefalia es que las
dos protestas no estaban enfrentadas sino, simplemente, superpuestas. Y
mientras la de los inmigrantes saharauis exhibía pancartas que llamaban
abiertamente traidor a Zapatero, la segunda, aunque también se pronunciaba en
contra del apoyo socialista a la opción autonomista, lo hacía en términos más
moderados, más políticamente correctos y en un escenario menos comprometido
para el buen nombre del partido socialista.
De no haberse
convocado la manifestación de las asociaciones, cuyo llamamiento fue
cronológicamente fue posterior a la de Ferraz, esos
miles de manifestantes se hubiesen agolpado ante la sede del PSOE donde la
actitud nerviosa de las fuerzas de seguridad dejó muy claro que los dirigentes
socialistas querían evitar a toda costa la foto de los manifestantes y sus
pancartas ante su portal (los retuvieron en una esquina menos fotogénica). Los
dirigentes del Polisario optaron por no hacer un
feo (imperdonable según las leyes de la hospitalidad y agradecimiento
saharaui) a las asociaciones que, con tanto esfuerzo les apoyan. Saben que la
adicción a la visión del mundo en clave partidista en España es muy fuerte y
temen que, en lugar de pedir cuentas a su partido, los socialistas prosaharauis que todavía no han abierto los ojos opten por
evitar el abismo al que conduce cierto tipo de desengaños, abandonando su
causa, mirando hacia otro lado, como hicieron en 1975 los simpatizantes de la
derecha avergonzados por el escándalo de los Acuerdos de Madrid. De hecho, por
el bien de la causa, incluso muchos de los manifestantes de Ferraz,
entre los que había también muchos españoles, se trasladaron luego a la etapa
final de la otra manifestación.
La buena
voluntad, sin embargo, no evitó que la polémica estuviese servida. De puertas
adentro, la inoportuna coincidencia ha reforzado la sospecha por la que
saharauis y españoles, murmuran que la ausencia del pásalo, que tan de moda
estuvo en la marchas contra la guerra de Irak, está directamente relacionada
con la tendencia a los golpes de estado que, en los últimos dos años, se han
cebado con la dirección de este tipo de ONG. Muchos no ven ya con buenos
ojos la excesiva lealtad de los que presiden estas asociaciones, especialmente
de los que se auparon con los recientes derrocamientos, hacia partidos y sindicatos
donde el interés que prima ahora es respaldar la buena imagen de Zapatero y
controlar a los críticos para que no contaminen con sus dudas al resto de sus
feligreses. Una lealtad y unos objetivos que ahora van en contra de la eficacia
de su batalla solidaria.
La estrategia
no es nueva. Ya en los años ochenta hubo bajas entre los activistas de las
asociaciones de amigos del Sáhara que no querían asimilar que Felipe González,
tras su llegada al poder, había sufrido una amnesia total e irrecuperable con los
compromisos contraídos con el pueblo saharaui mientras se hallaba en la
oposición. Por obra de una depuración silenciosa fueron apagándose las voces
que seguían batallando para declarar nulos los acuerdos de Madrid que el propio
Felipe González había declarado ilegales. Sus propuestas para lograr este
objetivo por la vía de las acciones judiciales fueron sustituidas por acciones
humanitarias dignas de admiración pero menos perjudiciales para los intereses
marroquíes y la buena marcha de la incipiente amistad del poder político con el
rey Hassán II.
La vuelta a
la oposición del PSOE, tras la victoria electoral del PP, favoreció la
actividad de estas asociaciones donde, a partir de 1996, florecieron los
programas de acogida de niños. El actual secretario de Estado para Exteriores,
Bernardino León, recientemente ha presumido de su personal aportación, desde el
puesto que desempeñó en la embajada de Argel, al éxito de Vacaciones en paz que
ya ha superado la barrera de las 35.000 familias españolas que, cada verano,
conviven en España con al menos un niño saharaui. Lo que no podía imaginar
entonces es que esta peculiar forma de solidaridad fuese a convertirse en una
pesada cruz para su amigo y superior inmediato, Miguel Ángel Moratinos, al
convertirse en ministro del Gobierno Zapatero.
El amor por
un niño es de los pocos sentimientos con poder para anteponerse a cualquier
otra pasión cegadora, incluida la de la militancia política y tiene el
inconveniente de entrañar un terrible efecto multiplicador en el entorno que
los acoge. Sin contar con que las familias de acogida han acabado considerando
como suya a la familia biológica de sus niños saharauis a los que incluso
visitan durante el invierno en sus jaimas de Tinduf. Los riesgos que estos
vínculos producen en la fe de los más aguerridos votantes del PSOE se hicieron
patentes cuando, hace dos años, en vísperas del treinta cumpleaños de la infame
entrega del Sáhara a Marruecos perpetrada por el último gobierno de Franco, se
celebró en Madrid una conferencia internacional sobre el conflicto
saharaui.
Por primera
vez, Javier Moragas un representante del PP estuvo en un acto de este tipo y no
sólo de pasada. La audiencia era un fiel reflejo del tradicional monopolio que
la izquierda ha tenido, no por voluntad acaparadora sino por la penosa
autoexclusión de los militantes del centro-derecha, de la causa de la
solidaridad saharaui. Allí estaban reunidos los representantes de esas redes de
apoyo cívico que, a lo largo de treinta años, han luchado contra viento y marea,
incluida la sembrada por la dirección socialista, para que los sucesivos y
concienzudos cerrojazos informativos borrasen de la memoria esta asignatura
pendiente de la transición. Pero también sobrevolaba en el ambiente ese
espíritu de comunión de los que viven este tipo de evento como una confirmación
de la certeza de que están del lado bueno, el de la superioridad moral que dan
las causas justas despreciadas por la obsesión belicista del PP.
En un
ambiente claramente hostil, el secretario Ejecutivo de Relaciones
Internacionales del PP subió al escenario para convertirse en el primer
representante de la derecha en admitir que los acuerdos tripartitos de 1975 no
pasaron de ser una declaración de principios y, por lo tanto, no fueron más que
papel mojado. Lo importante es que sus críticas al giro promarroquí de Zapatero
culminaron con una propuesta a favor de la formación de un frente común, de
todas las fuerzas políticas, en apoyo del referéndum de la ONU.
Los políticos
tienen una tendencia natural al oportunismo pero mentir siempre tiene un coste
y, por ello, lograr que se comprometan con un tema, a ser posible con cientos
de testigos como los que había allí reunidos, siempre es un triunfo para el
bien de toda causa. La declaración de Moragas suponía un giro histórico para lo
que había sido tradicionalmente la postura de los partidos de la derecha
española que siempre defendieron la legalidad de los acuerdos de Madrid. Así lo
interpretaron incluso varios de los europarlamentarios, embajadores y representantes
de Gobiernos extranjeros que asistieron al acto. Debieron de quedarse atónitos
cuando, desde las gradas donde se sentaba el público, se levantaron voces de
protesta y abucheos contra el responsable de esa sorprendente intervención.
En lugar de alegrarse
por haber logrado que la única pieza que les faltaba del abanico político
español reforzase sus filas, parecía que los alborotadores lo que querían era
abortar ese giro y expulsar al diputado del PP. Paradojas de la política
española, estaban haciendo las delicias de los muchos que en el PP no
aprobaron el giro prosaharaui de José María Aznar y que, seguramente, se alegraron por el intento de
humillar a ese portavoz de la tesis contraria.
Era evidente
que los responsables de la algarabía intentaban conectar con esos resortes que,
automáticamente, convierten en facha a quien no comulgue enteramente con la
ortodoxia. Sus gritos, recordando el alineamiento pro Bush
de Aznar y la vergüenza de la guerra de Irak, iban
dirigidos a esas bases que siempre consideraron que la cuestión del Sáhara
constituía una de las señas de identidad de la superioridad moral de la
izquierda frente a la derecha y que, en épocas en las que la duda amenaza de
expulsarlos de su paraíso, prefieren que esa causa siga siendo exclusivamente
suya, aun a costa de perder eficacia. Es lo que un veterano prosaharaui
denomina el síndrome del río Kwai, es decir, esa
determinación obstinada en mantener unos objetivos en función de un sentido del
honor que se antepone a la lógica necesaria para ganar la guerra.
Los líderes
de la izquierda hacen lo posible por alimentar ese espíritu. Unos porque,
inconscientemente, también necesitan mantener la felicidad del alma que les
proporciona poseer esa causa que les da un toque de distinción exclusivo, y
otros, para asegurarse el control de un movimiento social muy aguerrido. Así
por ejemplo, en esa misma reunión, Inés Sabanés,
contribuyó a enardecer esa desesperada necesidad identitaria
al advertir a los invitados internacionales: "Bienvenidos a Madrid una
ciudad fantástica a pesar de su Gobierno, no se crean que todos los madrileños
son como ellos". Y, al día siguiente, en una manifestación ante el
Ministerio de Exteriores, Rosa Regás, directora de la
Biblioteca Nacional, hizo lo propio ante miles de manifestantes: "Estamos
aquí para luchar contra la reacción", dijo, en una clara alusión no a la
reacción absolutista del rey Mohamed, sino de esa España que, a pesar del 11-M,
votó al PP.
En este
entorno, era lógico que la pitada para expulsar a Moragas del escenario de la
conferencia internacional, arrastrase al resto del público. Sin embargo, contra
toda expectativa, tras un inicial titubeo, se levantaron voces que pedían
silencio y respeto al orador. Al principio fue un movimiento marcado por la timidez
de los que hubiesen apreciado que Moragas, además de meterles el dedo en la
llaga recordándoles que hay "verdades que duelen" (el cambio de voto
de Zapatero ante la ONU, su causa común con el interés francés en la marroquinización del Sáhara, etc.), hubiese hecho un examen
de conciencia también sobre los amores promarroquíes tradicionales en la
derecha hasta el segundo mandato de Aznar. Además,
también vibraba en el aire ese temor de los que ya han perdido la fe, al menos
en el PSOE actual, pero todavía temen que la lógica de la ortodoxia ideológica
los encasille con la vergonzosa etiqueta del facha, simplemente por no haber
renunciado a esa crítica que debería ser consustancial con la superioridad
dialéctica de la izquierda. Pero, en cuanto los primeros se atrevieron, otros
siguieren hasta lograr restablecer el silencio en nombre del respeto a la
diversidad de opiniones y, sobre todo, del bien de la causa.
Las
alarmas debieron de saltar de nuevo en Ferraz cuando,
en la manifestación del día siguiente, inasequible al desaliento, Moragas
volvió a aparecer para unirse a la pancarta de apertura de la marcha con el
resto de representantes de fuerzas políticas y sindicales. "¿Qué pinta ese
ahí?", tronaron las mismas voces que habían desencadenado la algarada en
la conferencia, incitando a la protesta contra esa intrusión del PP. De nuevo,
se resistían a que el PP consumase un arrepentimiento que lo hiciese menos
belicista y, para colmo, en su propio terreno. Lo terrible para ellos es que,
de los propios manifestantes, surgieron brazos y codos para asegurar la
permanencia del diputado en la cabecera. Fue demasiado, evidentemente.
A partir de
entonces, los golpes de estado en las asociaciones de amistad con el Sáhara han
afectado a todos aquellos responsables que se han significado como contaminados
por las simpatías peperas que brotaron entre estos
activistas tras el conflicto de la isla de Perejil y el anuncio de Aznar de visitar los campamentos saharauis. También han
sido víctimas de estas depuraciones los que, aún estando por encima de toda
sospecha facha, se han atrevido a producir pegatinas llamando abiertamente
traidor a Zapatero.
El resultado
de la limpieza ideológica ha sido contraproducente. No es lo mismo recurrir a
la táctica de la marginación antes que después de la era de Internet y los
disidentes ahora, en lugar de evaporarse en el olvido, se reúnen en
habitaciones civernáuticas, crean blogs
y webs con esas pegatinas anti
Zapatero que provocan pavor en Ferraz, intercambian
sus dudas y se organizan para aparecer en los mítines de Zapatero o Felipe
González, en Canarias, Santander o Mallorca para recordarles que el "El
Sáhara no se vende", y menos con su voto.
Hasta la
visita de Zapatero a Rabat, el Frente Polisario había
tenido que vérselas principalmente con las críticas de los suyos, especialmente de los jóvenes, a los que les cuesta
comprender que la ideologización de los simpatizantes españoles de la causa saharaui
les impida reconocer que el apoyo a Zapatero equivalga a hacer causa común con
su enemigo, el rey Mohamed. Pero las fotos en la prensa del secretario del PSOE
de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG, Pedro Zerolo,
en la manifestación masiva de abril, fundido en un abrazo con un representante
saharaui o aferrándose desesperadamente a la pancarta de apertura de la marcha,
ha causado un hondo disgusto también entre aquella parte de las bases españolas
del movimiento solidario que, gracias al Sáhara, se van librando de su burka ideológico. Ellos tampoco comprenden esas
contemplaciones que, en nombre de la buena educación, convierten a los
dirigentes saharauis en cómplices de ese juego del equívoco con el que el PSOE
intenta que otros simpatizantes españoles completen la traumática terapia que
impone su traición al pueblo saharaui.
En plena
campaña electoral, Zapatero está evidentemente preocupado por la capacidad
desmovilizadora de estos desafectos. Quizás la bolsa electoral de los votantes
saharauis no sea determinante de cara al resultado electoral. Pero todo apunta
a que en Ferraz no pueden permitirse el lujo de
despreciar ningún sector de potenciales electores. Además, la causa saharaui da
a sus simpatizantes unos conocimientos en política internacional demasiado
peligrosos. El propio profesor y experto en el mundo árabe, Bernabé López
García, no considerado precisamente como un simpatizante del Polisario, señaló en un artículo publicado en El País la
sorprendente contradicción entre el éxito del gran movimiento pacifista español
que desencadenó la intervención de EEUU en Irak y el aplastante apoyo que,
según las encuestas, recibió José María Aznar por su
contundente reacción ante la ocupación marroquí de la isla de Perejil. Puede
que la culpa de esa "incongruencia" no se deba tanto a una mala
jugada de esa "caricatura" del patriotismo que, según López García,
acecha en el subconsciente colectivo español con relación al moro, sino al
conocimiento que la injusticia padecida por el pueblo saharaui ha dado a los
españoles sobre la crónica tendencia de la monarquía alauita
a imponer sus intereses saltándose las normas elementales y recurriendo al
chantaje y la extorsión.
Son nociones
que no conviene que se extiendan entre las bases del PSOE. Con ellas se
quiebran muchas verdades de Zapatero. Por ello, el secretario de Estado de
Exteriores, Bernardino León, en su intervención en las Jornadas de las
universidades madrileñas sobre el Sáhara del pasado 10 de mayo, echó mano de
toda su capacidad de persuasión para convencer a los críticos prosaharauis que abundaban en la sala de que el PSOE sigue
comprometido con la legalidad internacional también en esta cuestión.
El triunfo
electoral del PSOE depende en buena medida de que no se vuelvan a quedar en casa,
el día de las elecciones, esos simpatizantes que, durante años, quedaron
neutralizados por los escándalos de la corrupción y los gales,
a los que sólo logró sacar de la apatía el trauma del 11-M y el visceral
antiamericanismo que los españoles padecen desde el 98. Así que León hizo todo
lo posible para reforzar su fe advirtiéndoles que lo del apoyo de Zapatero a
Marruecos no es más que una nueva mentira del PP, el fruto de la mala
interpretación de sus palabras por parte de cierta prensa que no sabe leer como
se debe los comunicados de Moncloa, una maniobra más
del oportunismo electoral que lleva al PP a aprovechar el mínimo resquicio para
animar la aviesa crispación política. Sus recomendaciones se vieron reforzadas
por los ponentes que recordaron que, a pesar de sus promesas, Aznar sigue sin poner fecha a ese viaje a los campamentos
de refugiados en el sur de Argelia.
Con todo
ello, León no pudo evitar que el enfado saharaui frustrase su propia caza a la
foto e hiciese desembocar en una nueva polémica sus maniobras para convertirse
en el maestro de ceremonias de la clausura de las jornadas. Esta vez, ni una sóla pitada se alzó contra el representante del PP que le
recordó que las recriminaciones por la traición saharaui no sólo le llueven al
PSOE de la derecha, sino, sobre todo, de sus socios de IU.
Quizás algún
día, podamos celebrar con el pueblo saharaui el triunfo de la paz en su tierra,
tan necesaria para la vapuleada integridad de la ONU. Entonces les tendremos
que agradecer no sólo una lección ejemplar de dignidad sino, también, un máster en política, fundamental para el saneamiento de
nuestra clase política, de izquierdas, derechas, centro y lo que venga. Por el
momento, lo único que los políticos españoles han logrado es alimentar una más
que justificada desconfianza entre una población que, sea cuál sea el resultado
del referéndum, reside en un territorio a tiro de piedra de las islas Canarias.